Hoy el tema de esta columna es el trigo. Estamos frente a una nueva campaña y todos necesitamos una gran cosecha. Ya arrancó la siembra, ha llovido bien y se espera que el clima acompañe. Y el gobierno anunció que se mantendrá la rebaja de las retenciones (quedan en 9%) hasta el otoño próximo. Es una buena señal.
Dicho esto, tengo ganas de pasar a otra historia, y también con el trigo como protagonista.
En realidad, el trigo es la historia misma. Acompañó a la humanidad desde su domesticación, hace diez mil años, en la Medialuna de las Tierras Fértiles. Me inspiró ver la video nota de la celebración de los cien años de la creación de los elencos estables del Teatro Colón. Entre ellos, el coro.
Mientras celebraban, con copas de vino en la mano, espontáneamente comenzaron a entonar el “va pensiero”, el coro de los esclavos hebreos en laopus magna de Giuseppe Verdi, la ópera Nabucco. Escuchar esa maravilla (clickear link en foto principal de este newsletter) me transportó a la Babilonia del rey Nabucodonosor II (hoy Irak). Corazón del “Creciente Fértil”. La agricultura fundaba ciudades, creaba cultura. El Código de Hammurabi, los Jardines Colgantes de Babilonia.
Con su enorme poder, Nabucodonosor II se lanzó a la conquista de la región. En su avance hacia el oeste, ocupó Judea, destruyó Jerusalén y deportó a los hebreos. La letra del coro expresa el lamento de los hebreos exiliados en Babilonia, que añoran su patria perdida, Jerusalén.
Este sentimiento de nostalgia, opresión y deseo de libertad resonó profundamente con el pueblo italiano del siglo XIX, que vivía bajo la fragmentación territorial y el dominio extranjero (austríaco, español, francés, etc.).
El Risorgimento fue el movimiento por la unificación de Italia, entre 1815 y 1871. En ese período, la ópera de Verdi (estrenada en 1842) fue vista como una expresión del espíritu nacionalista. Aunque la obra en sí no fue concebida como política, el público la interpretó así. La idea de un pueblo oprimido que sueña con su libertad se asociaba con la lucha italiana por liberarse del dominio extranjero y unirse como nación.
Pero mientras escuchaba, alucinado, ese coro espontáneo cantando el va pensiero, me asaltó otro recuerdo, también vinculado al Teatro Colón, la ópera y…el trigo. Epopeya del Fuerte Sancti Spiritu, voy a evocarte.
En el mismo 1925, cuando nacía el coro del Colón, el compositor argentino Felipe Boero convertía en ópera el poema “Siripo”, de Manuel José de Lavardén, escritor, periodista y ganadero pionero de estas pampas y de Colonia, Uruguay.
El Fuerte Sancti Spiritu fue el primer asentamiento de españoles en tierra firme americana. Fue en 1527, nueve años antes de la primera fundación de Buenos Aires, cuando el marino Sebastián Gaboto remontó el Paraná y desembarcó en la desembocadura del Carcarañá. Allí fundó el fuerte, precisamente un 9 de junio de hace 498 años. Y sembró por primera vez trigo en el continente. Representó el inicio de la adaptación de cultivos europeos al clima y suelo del Cono Sur. El trigo, símbolo del pan y de la vida sedentaria, “la ciudad”, encontró en las tierras ribereñas del Paraná un nuevo hogar.
La experiencia agrícola, sin embargo, fue breve. El fuerte fue destruido en 1529 por un ataque indígena, y con él desapareció temporalmente la pequeña plantación. Es lo que relata la ópera Siripo. Te la espoileo: Siripo era el hermano de Marangoré, el cacique de los indios Timbúes. Todo bien con los españoles, al principio. Pero entre ellos estaba la bella Lucía Miranda, esposa de uno de los marineros de Gaboto, Sebastián Hurtado. Marangoré se enamora de Lucía Miranda, y aprovecha cuando Hurtado parte hacia el norte para atacar el fuerte y secuestrar a Lucía Miranda. Siripo, en el entrevero, mata a su hermano y se queda con la mujer.
Cuando vuelve Hurtado, pacta con Siripo para que no lo maten y se va a vivir con ellos, con la condición de portarse bien. Pero el amor es más fuerte, y Siripo se da cuenta. Mata a lanzasos a Hurtado y quema en la hoguera a Lucía Miranda.
Un buen libro para una ópera. Si non é vero, é ben trovato…
Pero la semilla ya había sido sembrada, en el suelo y en la historia. Años más tarde, las semillas de Sancti Spiritu serían llevadas a otros puntos del continente, a Asunción del Paraguay y, más tarde, a Buenos Aires. De la Media Luna de Babilonia a la media luna de las pampas.
El resto es otra historia…
Y termino recordando a mi inolvidable maestro del periodismo Tito Amadeo: “perdimos la guerra, pero hicimos unas canciones…”
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