Noticias hoy

    Marruecos: un viaje mágico urbano arquitectónico a la puerta de África

    De Rabat a Casablanca y Marrakech. Las medinas, los edificios emblemáticos y las obras para el Mundial 2030.

    Con té, dátiles, nueces y almendras, las autoridades marroquíes recibieron a la delegación de periodistas latinoamericanos en cada una de las escalas del viaje organizado por Certal para descubrir Marruecos. Y como en la mayoría de los intercambios con los pobladores los despidieron con un significativo gesto: un suave golpe de puño al corazón y una cálida sonrisa.

    Certal es el Centro de Estudios para el Desarrollo de las Telecomunicaciones y el Acceso a la Sociedad de la Información de América Latina. Su titular Pablo Scotellaro organizó la gira por el país africano con el objetivo de estrechar lazos más directos -sin la necesidad de pasar por Europa- con esta región que está en pleno desarrollo y se prepara para ser una de las sedes del Mundial de Fútbol 2030.

    Propuso a este grupo variopinto de periodistas -influencers, conductores de noticieros de televisión, periodistas del área política, especialistas en paridad de género, arquitectura y un documentalista- que cada uno aportara su mirada sobre este país tan poco conocido para muchos de los habitantes de nuestra región.

    Vayamos entonces a lo que nos corresponde e iniciemos este fascinante viaje urbano arquitectónico.

    La primera escala fue Rabat, el centro administrativo y político de este país gobernado por una monarquía constitucional, democrática, parlamentaria y social. Le siguieron Tánger, Dakhla, Laâyoune, Casablanca y Marrakech.

    Todas ciudades bien distintas, pero con elementos en común. Salvo alguna excepción las construcciones son relativamente bajas, como si fuera una premisa irrevocable dejar aparecer los minaretes de las mezquitas que salpican tanto el tejido urbano como las zonas rurales.

    Las mezquitas no son de acceso libre para los no musulmanes, salvo la Mezquita Hassan II en Casablanca y la de Tinmel en el Alto Atlas. Solo ingresan quienes van a rezar convocados por el almuedin desde lo más alto del minarete. Lo hacen religiosamente cinco veces al día, inclinándose en dirección a La Meca.

    Hay algunas de dimensiones mínimas: por ejemplo, en las estaciones de servicio hay unos pequeños cuartos alfombrados dispuestos a tal fin. Hay para hombres y para mujeres.

    Otro punto en común son las medinas, voz que denomina a la ciudad amurallada. La de Fez es una de las más grandes del mundo. Un ensayo del investigador Javier Orlando Curros Cámara publicado en la revista Area de la FADU UBA confronta dos miradas sobre estas mágicas ciudadelas.

    “Chueca Goitía describe estas ciudades como ciudades privadas, de carácter profundamente religioso, secreto, cuyo compacto caserío y callejuelas tortuosas e insignificantes, no son un artificio racional, no se asemejan a nada y no tienen precedentes en la historia del urbanismo excepto en el arcano seno del alma oriental”.

    En cambio, Nakhli Mtiri adopta una visión mucho más positiva y las caracteriza citando a Marc LaVergne como “un paraje de la diversidad, contenedor de todas las comunidades y confecciones, todos los tipos de humanos, todas las actividades, como una configuración de facetas armónicamente confeccionadas.”

    Lo cierto es que son singulares aglomeraciones impregnadas de un carácter profundamente religioso con callejuelas intrincadas y estrechas, definidas por muros austeros de no más de tres niveles con pocas y pequeñas perforaciones.

    Es que la vivienda -para los musulmanes, un santuario- resguarda su intimidad. Todo pasa adentro, sus habitaciones buscan el aire y la luz de sus patios y buscan el espacio abierto y el verde en sus terrazas.

    Rabat, moderna, diversa y cosmopolita

    Volvamos a Rabat, capital del Reino de Marruecos, ubicada en la costa atlántica, en la desembocadura del río Bu Regreg. Es una ciudad que combina extrema modernidad y tradición. Su milenaria historia y cultura es un combo de influencias bereberes, islámicas, francesas y españolas donde coexisten en armonía el islam, el judaísmo y el cristianismo.

    La recorrida empezó por lo que quiso ser la mezquita más grande del mundo, pero un terremoto en el año 1755 solo dejó en pie sus columnas y la mitad de lo que iba a ser un minarete de 80 metros de altura, la llamada Torre Hassan. Los viernes y en días de fiestas esta plaza plagada de regulares columnas se convierte en lugar de congregación. Miles y miles de creyentes se inclinan para rezar, en dirección a La Meca.

    A su lado está el Mausoleo de Mohamed V, proyectado por el arquitecto vietnamita Eric Vo Toan en estilo clásico árabe-andaluz, construido entre 1961 y 1971 y donde colaboraron más de 100 artesanos marroquíes. Alli enterraron al rey Mohamed V y sus hijos, Hassan II y Mulay Adbellah. La fachada está cubierta en mármol blanco, tiene tres arcos en herradura y remata en un techo piramidal de tejas verdes.

    En el interior, los muros están grabados con caligrafías que reproducen el Corán, libro sagrado del islam, y recubiertos del colorido zellige con sus precisos patrones geométricos, un ornamento típico a base de piezas de azulejo, algo así como el trencadis catalán. El techo está hecho con una laboriosa talla en madera de cedro y caoba y recubierto en láminas de oro.

    También visitamos la Necrópolis Chellah —antiguo centro romano y musulmán—, el Palacio Real, el Jardín Andaluz y recorrimos las callejuelas de la medina hasta desembocar en la fortaleza militar, la Kasbah de Oudaya, y en una gran explanada sobreelevada que domina la desembocadura del río Bu Regreg sobre el Atlántico.

    Desde allí también se divisan a lo lejos dos obras icónicas de la arquitectura contemporánea que enfatizan el carácter moderno, diverso y cosmopolita de esta ciudad también llamada “La ciudad luz”.

    Enfrentadas por el río, está el Gran Teatro de Rabat, proyectado por Zaha Hadid con una gran volumetría de forma fluida, dicen que inspirada en el río. Y del otro lado, en la ciudad de Salé, la Torre Mohamed VI diseñada por Rafael de la Hoz y Hakim Benjelloun, con forma de “un lápiz con doble curvatura”, de 102.800 m2 que incluyen departamentos, hotel de lujo y oficinas.

    Tánger, la puerta de Africa

    Al día siguiente volvimos a pasar casi pegados a estas dos obras, camino a Tánger en el tren de alta velocidad Al-Boraq que llega a los 320 km/h. Esta ciudad al norte de Marruecos próxima al estrecho de Gibraltar es la capital de la región Tánger-Tetuán-Alhucemas. Su economía gira en torno a su estratégica ubicación: el estrecho es el segundo en tráfico marítimo del mundo, el primero del Mediterráneo y de África.

    Su mega puerto de 18 metros de calado (el de Buenos Aires tiene 10) mueve 10 millones de contenedores al año: es la puerta de África. Tánger es toda una metrópolis cosmopólita que preserva también una vibrante medina con mercados donde el idioma común es el regateo. Nuestros anfitriones recomendaban empezar proponiendo solo un 20 %.

    Como otras ciudades de Marruecos viene haciendo obras para la Copa Africana de Naciones 2025 y para el Mundial de Fútbol 2030. En las afueras de Tánger, Anouar Amaoui Gueriri está ampliando y remodelando el Estadio Ibn Battouta (donde juega Ittihad de Tánger), diseñado originalmente por JK Architecture, para llevarlo de 45.000 espectadores a 75.000.

    Como se hizo acá con el estadio de River, sacaron la pista de atletismo para ganar localidades y le están renovando toda la fachada con una carcasa metálica.

    Los otros estadios que están en obra para el Mundial 2030 son el Complejo Deportivo Principe Mulay Abdallah de Rabat con capacidad 68.700 espectadores; el Gran Estadio de Agadir (45.480) y el Gran Estadio de Marrakech (69.565), ambos de Vittorio Gregotti & Saäd Benkirane; el Complejo Deportivo de Fez; y el Estadio Hassan II, en Benslimane, Casablanca. Este último compite con el Santiago Bernabéu y el Spotify Camp Nou para ser sede de la final del Mundial 2030.

    Su arquitectura es verdaderamente sorprendente. La propuesta de Populous y Oualalou+Choi, ganadora de un concurso internacional del que participaron firmas como Cruz y Ortiz, Foster + Partners, Herzog & de Meuron y Zaha Hadid, remeda una gran carpa, propia de la cultura nómade marroquí. La cubierta es traslúcida de aluminio a modo de celosía y alberga zonas ajardinadas. Con su capacidad para 115.000 espectadores será el estadio de fútbol más grande del mundo.

    Dakhla, el mar y las arenas del desierto

    La siguiente escala de este mágico viaje fue el mismo desierto. Volamos desde Tánger a Dakhla en la península de Río de Oro en el Sáhara. Ya en su pequeño aeropuerto vimos grupos de jóvenes -seguro que eran europeos- con carros en los que llevaban grandes bolsones.

    En Dakhla hay arena, fantásticas playas, una temperatura constante entre 25 y 27° y un viento fuerte que nunca para: condiciones ideales para practicar Kitesurf, un deporte que se practica con una tabla y una especie de pequeño parapente que llaman cometa.

    En la bahía de Dakhla sobre las laderas de sus dunas mirando al mar y al atardecer se encastran sucesiones de casillas con recreos boutique donde los kitesurfers hacen “after office” con música fusión africana y donde pernoctan. Así es Dakhla apuesta al turismo de nicho y reniega del turismo “depredador” masivo, tal como lo afirman sus autoridades.

    Dakhla, también conocida como Villa Cisneros, tiene poco más de 100.000 habitantes. Es el aeropuerto en la península, al lado un collage de trazados en cuadrículas de pocas dimensiones y con bloques de viviendas de no más de 3 plantas, bien cúbicas y con apenas algunos simples toques decorativos.

    Y un poco más allá, pareciera que todo está por venir. Loteos donde las luminarias urbanas están esperando que les llegue la ciudad. Y en las zonas suburbanas sobre la playa van apareciendo condominios y resorts siempre cercados por murallas, un poco por el viento; otro, por mantener la intimidad y la seguridad.

    Hay parques eólicos y están construyendo un importante puerto pesquero y una planta desalinizadora de agua que producirá 7 millones de metros cúbicos de agua potable para abastecer a 200.000 personas y 30 millones de metros cúbicos adicionales para el riego de 5.000 hectáreas agrícolas. Una suerte de milagrosos oasis en el desierto.

    Laâyoune, la locomotora del sur

    Si Dakhla, en el Sáhara marroquí, es todo futuro: iniciativas en infraestructura, educación, empleo, medioambiente y cooperación interregional, con foco en la sostenibilidad y la inclusión; Laâyoune, la ciudad más grande de la región a unos 550 kilómetros al norte, con un presente arrollador no para de crecer.

    El presidente del Consejo Regional de la región Abad Ballah nos mostró el plan de obras que llevan a cabo. Pero luego de convidarnos con los infaltables tés sentenció: “quien ve no es como quien escucha”. Y nos invitó a visitar una serie de notables obras arquitectónicas.

    Visitamos la Mediateca Mohammed VI inaugurada el año pasado, un espacio dedicado a la cultura, la educación y la difusión de conocimientos, con capacidad para 300.000 libros. También recorrimos, a pocos pasos de allí, un complejo deportivo compuesto por dos grandes elipses: uno para la Piscina Olímpica de Laâyoune; y el otro, para una Sala de Deportes multipropósito.

    Luego nos llegamos a la Facultad de Medicina y Farmacia, un notable edificio de 23.335 m2 diseñado por el estudio SAMA Architects de Rabat con un planteo que fusiona arquitectura contemporánea con elementos de la tradición árabe.

    La misma orientación tiene otra de las piezas clave de esta gestión, la Ciudad de Oficios y Competencias, un complejo desarrollado en un terreno de 15 hectáreas con capacidad para 2000 estudiantes de 16 a 30 años.

    Para completar la recorrida arquitectónica visitamos el Hospital Universitario de Laâyoune que está en obra. Es un complejo de 95.000 m2 con capacidad para 500 camas de internación organizado con “calles” públicas y técnicas y con un sistema de “pastillas” ventiladas e iluminadas por patios. Algo parecido en concepción y dimensiones a nuestro Hospital Garrahan.

    La mítica Casablanca

    Para culminar el viaje, nuestros ya a esta altura entrañables anfitriones nos prepararon un menú espectacular: Casablanca, la “colina de encuentro” y Marrakech, la “tierra de Dios”. Casablanca, ubicada sobre el Mar Atlántico, casi toda blanca; Marrakech, continental con el cordón Atlas al fondo, toda, absolutamente toda, color tierra.

    Casablanca es la capital económica de Marruecos y una ciudad que quedó inmortalizada internacionalmente por el film homónimo protagonizado por Humphrey Bogart e Ingrid Berman.

    Entre 1912 y 1956 estuvo bajo el protectorado francés situación de la que da cuenta su arquitectura. Hay una original fusión entre el Art Decó francés, la típica arquitectura árabe -con patrones geométricos, mucho verde con sus aromas y el agua- y la arquitectura moderna.

    Visitamos el centro administrativo de la ciudad, la Plaza Mohammed V, también llamada Fuente de las Palomas. Una gran esplanada seca rodeada de edificios como el Consulado de Francia, el Tribunal de Justicia, la sede del Correo y el Gran Teatro de Casablanca, una obra icónica de unos 47.000 m2 proyectada por Christian de Portzamparc (nacido en esta ciudad cuando estaba bajo el protectorado francés) y Rachid Andaloussi, a punto de ser inaugurada.

    Para el islam, el judaísmo y el cristianismo son parte de la historia de la revelación divina. En Casablanca hay 36 sinagogas, 26 iglesias y un gran templo musulmán, la Mezquita Hassan II, inaugurada en 1993.

    El templo fue proyectado por el arquitecto Michel Pinseau en estilo morisco y construido sobre el océano Atlántico por encargo del rey Hassan II quien se inspiró en un verso del Corán: “El trono de Alá está en el agua”.

    Es la tercera mezquita más grande del mundo. Sus cifras impresionan por tamaño y por referencias religiosas. Tiene 200 metros de largo por 100 de ancho y 65 de alto. Suma que iguala a los 365 días del año. Se construyó en 6 años emulando los 6 días en que se creó el universo.

    Su interior tiene capacidad para 25.000 personas y en su plaza exterior, que es una especie de guiño a la del Vaticano, entran otras 80.000. Otra de las citas a la fe cristiana es la organización de la planta en tres naves. Coincidencias adrede que representan la continuidad entre el judaísmo, el cristianismo y el islam.

    En Marrakech -que junto a Mequinez, Fez y Rabat es una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos- visitamos varios sitios emblemáticos. Arrancamos por la Mezquita Kutubía, uno de los principales símbolos de la ciudad. Seguimos por las Tumbas Saadies; por el Palacio de la Bahía, reconocido por sus patios, mosaicos y jardines, que levantó un sultán para sus tres mujeres; y por el Jardín Jacques Majorelle, un esquicito jardín de plantas exóticas que diseñó este pintor para el diseñador Ives Saint Laurent.

    Pero el broche final del recorrido por esta fascinante ciudad ocre fue la visita a la medina, el zoco y la increíble plaza central. La medina, Patrimonio de la Humanidad por UNESCO, está rodeada por 22 kilómetros de antigua muralla y nueve puertas. Sus muros tienen 1,5 metros de ancho, son de ladrillo y barro, y están aleatoriamente agujereados para permitir que “respiren”.

    Entre las viviendas que arman su denso tejido se distinguen las casas compactas llamadas “dar” y las que tienen patio y fuente, los “riad”, la voz árabe que significa “paraíso”, y que frecuentemente hoy ofician de lujosos hoteles boutique.

    Pero el bullicio, los olores, el color y el dinamismo va ganando intensidad en estos estrechos y laberínticos callejones, sobre todo en el Barrio Mellah donde se concentra la población judía. Aquí se multiplican tiendas (zocos) donde se venden -previa “ceremonia” de regateo- desde cerámicas, platería, cueros, joyas y especias a las arquetípicas alfombras marroquíes.

    Todos estos callejones desembocan en Jemaa el Fna, un especie de gigantesco espacio urbano, suerte de inmensa plaza seca de límites irregulares, donde con la caída del sol se va llenando de gente.

    Pobladores y turistas de lo más diversos que disfrutan de la intensidad del encuentro. Acróbatas, cuenta-cuentos, bailarines, músicos, puestos de comida y encantadores de serpientes se dan cita para hacer de cada anochecer un momento inolvidable.


    Berto González Montaner
    Berto González Montaner

    Jefe de la sección Arquitectura [email protected]

    Bio completa